Genocidio

Hay cosas que no me gustan del país en el que vivo, como a casi todo el mundo. Algunas me resultan soportables, males menores que van siempre aparejados a la convivencia y se sobrellevan con un poco de resignación y, si es preciso, indiferencia. Otras me parecen en verdad aborrecibles sin ninguna clase de tapujos, impropias de una sociedad que se dice democrática y civilizada: el ruido y la costumbre de vivir a gritos; el gusto grosero por espectáculos chabacanos (sobre todo si se ofrecen en TV); la complacencia en la cerrilidad y la ignorancia, tan propias de una sociedad que siempre ha mirado con reserva y por encima del hombro a las personas instruidas… Sí, hay cosas que no me gustan de mi país, el cual, por cierto, se llama España. Ya lo dije antes: resignación.

Hay algo, sin embargo, que me resulta intolerable: la siniestra manipulación que desde hace muchos años ejercen nuestros políticos -sobre todo los nacionalistas, aunque no en exclusiva -, de la historia, la cultura y las lenguas que siempre se han hablado en la península Ibérica. Rescriben la historia, reinventan el sentido de las civilizaciones y otorgan delirantes “derechos históricos” a supuestas, idílicas sociedades tribales que sólo han existido y existen en su embaucadora leyenda sobre el pasado. Lo peor de este sórdido embeleco: convierten la mentira en verdad oficial, y de los despachos de los expertos en ingeniería social pasan a la escuela; educan a generaciones enteras sobre la gran impostura y el insaciable pillaje intelectual que supone adoctrinar a miles y miles de estudiantes, cada año, a base de engañifas, ridículas mentiras e interpretaciones de la historia que van del burdo maniqueísmo a la crueldad más o menos refinada.

Ayer estuve hablando con una persona, por otra parte encantadora, ante la que cualquier persona de mi edad, con medianas luces y criterio libre de prejuicios –o de intereses secundarios, o principales, a saber… -, se compadecería muy mucho. Los estragos de la educación nacionalista que ha recibido en la escuela y en la enseñanza secundaria me parecen criminales, y no exagero. Para este infeliz perjudicado por el sistema educativo, las lenguas valenciana, mallorquina y occitana no existen. Son dialectos del catalán. Cataluña, a pesar de no haber sido nunca un reino, era cabeza política y sede del trono del rey Jaime I, un monarca catalán nacido en Montpelier y fallecido en Alzira; pero catalán. El reino de Aragón era el nombre por extensión, la marca universal del imperio mediterráneo catalán. Autores medievales como Ausiàs March y Raimundo Llull eran catalanes de pura cepa y siempre escribieron en catalán…

La sarta de disparates continuó un buen rato, hasta que cerré los oídos por no cerrar los ojos y echarme a gemir de tristeza.

Si estos despropósitos hubiesen sido proferidos por algún individuo atrabiliario, fanático, desnortado o acribillado por la furibundia nacionalista, los hubiese tomado como lo que eran: majaderías a las que es mejor no prestar atención. Pero aquel cándido, muy bien criado muchacho, repetía sus motivos con el desparpajo, la inocencia y el íntimo orgullo de quien recita al dedillo, sin equivocarse en un punto ni una coma, la bien aprendida lección que en su día impartiese el abnegado maestro. Aquello era una edificante exhibición de lo que se aprende sobre historia y literatura en los colegios públicos y el instituto donde ha estudiado.

A quienes matan a muchos congéneres por causas más o menos políticas, se les denomina genocidas. No se me ocurre qué nombre deberían recibir los que asesinan el espíritu y condenan a cientos de miles, quizás millones de alumnos, a la peor de las ignorancias, la que está segura de sí misma, se considera incuestionable y por supuesto redentora ante esa otra ignorancia que siempre amenaza al ponerse en contacto con los otros, los que no han tenido la suerte de compartir pupitre ni sistema educativo con ellos. Pobres niños de Palencia, de Sevilla o de Murcia, sometidos a un perverso sistema ideológico que ignora verdades esenciales, tan decisivas como la de que, posiblemente, Colón era catalán.

Qué nombre vendría de molde a esta felonía… ¿Genocidio quizás? Puede que sí. Genocidio cultural.

A los genocidas, cuando hay suerte, ocasión y ganas, los juzga un tribunal internacional y sus rostros atribulados aparecen en todas las cadenas de televisión del mundo. A los genocidas del espíritu, a los homicidas sistemáticos del conocimiento, esos que reclaman y vociferan por los derechos de su cultura a costa de las demás culturas y a costa de la misma cultura y de la verdad… ¿se les juzgará algún día? Cientos de miles, puede que millones de espíritus ejecutados sumariamente por la horda sanguinaria de la mentira oficial, los están acusando ya.

Una respuesta hacia “Genocidio”

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  1. Genocidio « El reinado de Witiza - 10 junio, 2011

    [...] Genocidio [...]

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