Miguel Hernández – Manuel Ruiz Amezcua

PARA MIGUEL HERNÁNDEZ Y SUS ANDALUCES DE JAEN
Manuel Ruiz Amezcua
(Palabras dichas en la casa donde vivió Miguel Hernández y en el Palacio municipal de Cultura,en Jaén,el 8 de octubre de 2010).
UNO: LO QUE NOS DIO
Quien quiera conocer a un poeta debe visitar la tierra en la que vivió, la tierra de la que habla. Lo dijo un alemán, poeta también, tan clásico como romántico: Goethe. En esta tierra y en esta casa vivió Miguel Hernández varios meses de su corta y ajetreada vida. Aquí tuvo servidumbre de paso el amor y la amistad. Recién casado con Josefina, se dedicó a tareas de cultura y propaganda, sobre todo a la confección de la revista Frente Sur que se editaba, creo, en Baeza, adonde iba con frecuencia, como nos dice en una de sus cartas. Fue en Frente Sur donde apareció publicado por primera vez el poema Aceituneros, famoso hoy por su primer verso: Andaluces de Jaén, verdadero himno de la provincia. Un poema que no nos abandonará ya nunca, mientras exista la lengua española. No nos abandonará ya nunca porque encierra una carga más que profunda: la conciencia de los desposeídos, ese vacío eterno que pertenece a la experiencia de tantísimos millones de personas arrojadas a los corrales de la Historia. Esta poesía sí es de la experiencia, de una experiencia extrema: la experiencia de la injusticia. Aunque la poesía es una aventura solitaria, aquí de las palabras nacen personas capaces de llenar el mundo de dignidad gracias a su trabajo. Nos lo han repetido muchas veces: un gran poema no nos abandona nunca, no nos abandonará nunca. Gracias al poder del verso, gracias al poder de las palabras este poema es un descenso a la memoria histórica y a la memoria colectiva. Gracias a la palabra este poema es una defensa de la dignidad humana. Alguien dijo alguna vez que los mejores poemas presentan siempre un conflicto, o de todos o de uno mismo. La llamada memoria histórica es más, mucho más de lo que dice que es el poder político de turno. Andaluces de Jaén es un poema único porque contiene los ingredientes que hacen a un poema único. La prosa puede distraernos con infinitos disfraces. En poesía sólo vale la excelencia. Lo demás es deleznable. Los mercaderes intentan siempre el engaño, corrompiendo una y otra vez el lenguaje, diciendo que dice lo que ellos quieren que diga, pero no lo que dice, que suele ser nada. Maniobras de distracción que acaban repitiendo la experiencia: la expulsión del templo de las ideas y del lenguaje. Decía Bergamín que en la poesía pasa como en el toreo: o es milagro o es trampa. Y aquí funcionó el milagro. Por eso este poema se ha convertido en universal. Y de paso ha hecho universales a los que lo habitan: Andaluces de Jaén /aceituneros altivos.
Hoy cuando se combate la inteligencia hasta en los centros educativos. Hoy que lo inútil y lo desechable están de moda no sólo en el supermercado y en la escuela, sino también en el pensamiento, donde nunca la basura fue tan hermosa. ..Hoy que ya nadie cree demasiado en nada, aunque se declare lo contrario. Hoy nos sigue quedando la palabra, las palabras que atraviesan el tiempo y se convierten en símbolos de permanencia. Como estas que nos regaló Miguel Hernández a los andaluces de Jaén.
Y DOS: EL MAL PAGO
De todos es conocido: los tres grandes poetas españoles del siglo XX fueron llevados al matadero. De tres maneras distintas, pero con la misma saña entera. Se ha hablado de los tres poetas del sacrificio. Al mayor de ellos le cubre el polvo de un país vecino, como él mismo presintió. Al de en medio, por edad, lo asesinaron sus mismos paisanos. Como su obra crece y crece, el olvido tiene la cosa más que difícil. Cuanto más grande es la obra de un poeta, más grande es el hoyo que sepulta a sus enemigos. Y más presente se hace el crimen. A Miguel Hernández, el más joven de los tres, lo metieron el la cárcel sus mismos vecinos. Por envidia. Por odio. Por venganza. Ya lo dijo otro gran poeta, Luis Cernuda:
Triste sino nacer
con algún don ilustre
aquí, donde los hombres
en su miseria sólo saben
el insulto, la mofa, el recelo profundo
ante aquel que ilumina las palabras opacas
por el oculto fuego originario.
El mismo Cernuda en su poema sobre Larra, y corrigiendo a éste, escribió:
Escribir en España no es llorar, es morir.
Pues a esto se dedicaron con Miguel Hernández de 1939 a 1942: a matarlo lentamente. Cuando ya vieron que el hambre y las enfermedades podían con su cuerpo, se negaron a trasladarlo a un hospital. Ahí están sus últimas cartas.
En este país, en la historia de este país el que cuenta la verdad lo paga caro. Aquí en España, o te entregas al que manda o te pegas un tiro. O te vendes o te matas. O te callas o te matan, directamente o por otros muchos procedimientos. Que se lo pregunten al Arcipreste de Hita que dio con sus huesos en la cárcel por ser libre, por contar que disfrutaba con el sexo, por escribirlo. Por eso, porque lo escribió se convirtió en culpable. Que se lo pregunten a San Juan de la Cruz, sujeto peligroso para su propia orden que acabó encarcelándolo, Que se lo pregunten a Fray Luis de León, cuatro años a la sombra por desobedecer a su Iglesia. Que se lo pregunten a Quevedo, cinco años a la sombra por escribir sobre la situación política de su querida España. Que se lo pregunten a Jovellanos, a Goya, a Espronceda, a Larra. Lo de Miguel Hernández es una cuenta más en un rosario siniestro. A Miguel le ofrecieron la libertad a cambio del arrepentimiento. Tenía que arrepentirse de todo lo escrito. Y él les dijo que no. Que él era un poeta y había defendido sus ideas con las palabras. Y ésa fue su condena. Abandonado por todos, menos por tres o cuatro, murió comido por la enfermedad y los piojos. Después de darle a la lengua española uno de sus más raros tesoros. Ése fue el pago. Con eso le pagaron. Diéronle cárcel y muerte las Españas, que diría don Francisco. De todas las Historias, la más triste es la de España porque siempre acaba mal decía otro indeseable para la cultura oficial: Jaime Gil de Biedma.
A Miguel Hernández, después de condenarlo a la muerte, quisieron condenarlo al olvido.
Los grandes historiadores nos enseñaron que todos los países arrastran in fiernos en su memoria. Todas las sociedades arrastran infiernos en su memoria. Esta ciudad, donde vivió y donde escribió algunos de sus más grandes poemas, arrastra un agujero negro en su memoria. El agujero de la desmemoria. El hueco del desagradecimiento. El infierno de haber expulsado de su cuerpo social a Miguel Hernández. ¿ Dónde está el poema que nos escribió, escrito en piedra para alegría de los ciudadanos? ¿ En qué plaza, en qué jardín?. Me refiero a ese poema que circula por el mundo y que nos ha hecho universales, el que se ha convertido en el verdadero himno de estas tierras, ése que no aparece aquí por ningún sitio. ¿Dónde está la estatua que recuerde a Miguel Hernández? Dónde está la Avenida Miguel Hernández? ¿Dónde está la Avenida andaluces de Jaén? ¿Dónde está el Nuevo Teatro Miguel Hernández? Los unos le pusieron otro nombre, el de alguien que, según ellos, ya antes de nacer había hecho mucho por España. Los otros callaron y otorgaron. Y el olvido siguió vivo, creciendo y creciendo.
A algunos la vida nos parece injusta por naturaleza. Y en determinadas circunstancias, más injusta todavía.
¿Qué pensaría Miguel Hernández en los últimos días de su vida, en las últimas horas, en los últimos momentos?. Él que se entregó entero a unas cuantas verdades eternas: el amor, la amistad, la libertad, la igualdad, la fraternidad… ¿Qué pensaría, abandonado de todos, menos de sus compañeros de cárcel? ¿Se acordaría de aquellos versos suyos?:
Amar… Pero, ¿quién ama? Volar… Pero, ¿quién vuela?
…………………….
Ya sabes que las vidas de los demás son losas
con que tapiarte: cárceles con que tragar la tuya.
…………………………
Hace unos meses, cuando murió Miguel Delibes, leí en la prensa algo muy hermoso. La persona que lo había cuidado en los últimos años, viendo que agonizaba, se acercó a él, le cogió las manos y le dijo: Miguel, estamos aquí todos y te queremos mucho… Dignidad y piedad en la hora de la muerte.
Con Miguel Hernández no hubo piedad ninguna. Intentaron robarle la dignidad, pero no pudieron. Con demasiada frecuencia es verdad eso de que el hombre es un lobo para el hombre.
Recordando esos momentos terribles en los que Miguel a los 32 años, todavía sin cumplir, dejó este mundo y recordando a tantísimas personas que mueren abandonadas porque su verdad no coincide con la del poderoso, voy a leer un poema mío Espejo Ciego:
Qué difícil el camino
del que yace indiferente
a todo, solo, arrojado
de la vida, turbiamente
ladeado por nosotros,
anunciada ya su suerte,
arrumbado ya su nombre
con las mentiras de siempre.
Qué difícil la guarida,
lo terrible de la suerte
del que estuvo siempre solo
contra el mundo, frente a frente.
Qué difícil la salida
del que estuvo ahí y enfrente
de los designio del hacha,
entre las garras del fuerte.
Solo está y estará solo.
Solo alcanza la venganza
de una máscara inocente.
Ajeno a todo poder,
abraza el que más le miente.
Mirad: nos está mirando.
Nos mira siempre de frente.
Nos está mirando fijo.
Nos observa fríamente.
Nos estruja con los ojos
diciendo muy lentamente:
<Paciencia le traigo al mundo
abrazándome a la muerte>.

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