La novia de King-Kong

La novia de King-Kong

David Mena

Premio Andalucía Joven del Instituto Andaluz de la Juventud, 2010

Por fin un libro de relatos que no es homenaje a sí mismo, ni un homenaje al género del relato breve, ni al autor de ese libro de relatos, ni siquiera al ingenio, concisión y fugacísima (por necesidad) brillantez del antes dicho autor del no menos antes dicho libro de relatos.

Por fin un libro de relatos que no incluye un decálogo sobre cómo deben escribirse los libros de relatos; decálogo, naturalmente, concebido, ordenado y redactado por el antes-antes dicho autor del antes-antes mencionado libro de relatos.

Por fin un libro de relatos que no te cuenta, en línea y media, lo dura que es la vida de los profesores de universidad divorciados y lo triste que es vivir en Londres, con una beca del ministerio de cultura, cuando tu novia se ha quedado en La Habana refocilándose con otro. (Todo el mundo sabe que en Londres hace frío, está nublado y las inglesas son feas de asustar, mientras que en La Habana hace buen tiempo y las cubanas su propio nombre lo indica; hago esta aclaración por si no se ha percibido del todo o no he sabido transmitir el dolor y desasosiego que debe de sentirse en Londres mientras que la china de uno está en La Habana, quemando caucho con un mulatón metido en problemas con el Partido). Por fin.

Anda que se me olvidaba. Por fin un libro de relatos que no da seiscientas cuarenta y nueve vueltas al don ambiguo de la realidad, a la sorpresa final que todo el mundo espera y que los entusiastas de la narrativa hiperbreve celebran como si les hubiesen contado el último chiste de Quevedo. Nada de eso.

Por fin un libro de relatos que se atreve a buscar referencias fuertes en la cultura (de masas o no de masas, de primer nivel o de serie B), y que lo mismo le tira los tejos a T.S. Eliot que a Arsénico por compasión. Por fin un autor joven (por algo le han dado un premio que lleva obligatoriamente esa palabra, “joven”, en su enunciado), el cual joven, en vez de rendir tributo a lo instruido que es, lo bien que escribe y lo encantadora que es su vida, pone la mirada en los detalles esenciales de nuestra referencia literaria más próxima (en el tiempo, a excepción de alusiones a la saga de Gilgamesh, en una página, la 46); muy próxima y por ello mismo muy olvidada, o mejor dicho, postergada por los novísimos perpetradores de libros de relatos que son homenajes a los libros de relatos, como entusiásticos aplausos perdidos en el estruendo de la clake. O sea y para concluir: por fin un autor de un libro de relatos que ha escrito un libro de relatos con intención de escribir un libro de relatos, no de poner el proustiano huevo de mira tita qué listo es tu sobrino. Joder, por fin!!

Relatos, ya les digo. Aquí hay de todo: poetas y vampiros, monstruos y películas de amor y lujo, comedia y tragedia, cuentos clásicos con lobos feroces y locura de amantes destinados a brillar bajo la luna llena mientras Jack el Destripador ejerce de lo suyo; hay replicantes (Philip K. Dick la montó parda con sus ovejas eléctricas), lágrimas en la lluvia, androides y caballeros andantes, países de las maravillas y Alicias a través del espejo, enanos funambulistas, mujeres barbudas y hombres bala… De todo hay, como se espera en un libro de relatos que se ha querido a sí mismo cimentado en el puro licor de la literatura y nada más. Y hablando de licor, también hay una cita del bestia de Bukowski. Y al final queda la sensación de haber leído unos relatos fantásticamente bien escritos y, encima, anclados fieramente, apuestamente, con un descaro superlativo, en esos territorios que son el magma original de nuestra narrativa, la sopa caliente de la que nace por aspersión la iconografía literaria moderna (con perdón por la burrada que va en cursiva, tómenlo como una metáfora de poca fortuna).

Por fin un libro de relatos que sólo dice una cosa de su autor: lo bien que se le da el oficio y lo bien que ha enfocado el asunto. Y no dice nada más, porque ni ha escrito un decálogo ni cuatrocientas citas para demostrar lo mucho que ha leído, ni en el colmo de los dislates y apoteosis de la baba ha dedicado cada uno de sus relatos al correspondiente jefe de centuria (con blog o con mando en plaza a palo seco), de los que llevan tras de sí a sus ochenta aspirantes a nada (la nada, qué clamor), cantando con embeleso aquello de “Del barco de Chanquete, no nos moverán”.

Por D.O.M que no es así. Qué osadía, qué valor, que riesgo y qué exquisita cortesía la del autor. ¡Ha escrito un libro de relatos para que se lea como un libro de relatos! ¡Y funciona como un reloj sin manecillas, siempre en hora, siempre señalando la hora en todos los puntos del universo infinito! Aquí es imprescindible “fruncir el ceño”: ¿Literatura?

Pues sí, amados míos: literatura.

Como un reloj suizo sin manecillas funciona La novia de King-Kong. Ergo, literatura es: de la que va quedando poca.

O sea, y como decía Martised Lawriencie: Los decálogos, las ocurrencias pirotécnicas y los tremendos azares existenciales de la petite bourgeoisie urbana, para los que no sepan hacer otra cosa. Y como dicen los taurinos de pro: los adornos pa Sevilla. Menos mal que ni el autor de La novia de King-Kong ni yo vivimos en Sevilla. Literalmente: ni un servidor ni éste vivimos-en-Sevilla.

Ya que menciono a éste, tal cual se lo digo: éste sí torea. Me refiero a David Mena. Sí que torea.

Vaya que si escribe. Vaya…

¡Gracias, maestro! 

Una respuesta hacia “La novia de King-Kong”

Trackbacks/Pingbacks

  1. La novia de King-Kong « El reinado de Witiza - 9 junio, 2011

    [...] La novia de King-Kong [...]

Los comentarios están cerrados.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.