El viento y la arena
EL VIENTO Y LA ARENA
Antonio Reyes Mateo
Ed. Paréntesis. Col. Umbral.
Sevilla, 2009
252 págs. 14€ – 9’80€ e-book
No existe en la narrativa española una tradición notable de relatos militares concebidos al modo de Capitán de mar y tierra y demás títulos de la saga marítima de Patrick O’Brian; de Beau geste, de P.C. Wren, o Las cuatro plumas de A.E.Mason, por mencionar algunos de los títulos más conocidos y exitosos del género. Novelas que se estructuran no tanto en consideración a “la gesta” como motivo principal del relato sino en torno a la experiencia y la transformación personal de los protagonistas, los cuales (y esto es una constante muy característica del género), transmutan sus vidas y su ser interior en razón de su adhesión a los valores que son propios de la vida castrense.
Puede que aquí se encuentren tanto el factor de diferencia como la explicación sobre esta parquedad del género en la literatura española. Los grandes maestros del género franceses e ingleses (sin olvidar a los americanos, como Stephen Crane en La roja insignia del valor), configuran su obra como difíciles senderos iniciáticos de los que surge un individuo nuevo, el cual ha de encarnar no sólo una serie de valores puramente milicianos sino también perfectamente (casi obligatoriamente) transferibles al conjunto de la sociedad. La Inglaterra imperial, la Francia colonialista, los Estados Unidos como potencia mundial, nutren su ideario civil con elementos ideológicos que han probado su validez y fortaleza en el ámbito de terribles confrontaciones armadas. Es ese “hombre nuevo”, el burgués británico y francés, el moderno americano, quien, con el mismo empuje y ánimos necesarios para vivir y contarla en el terreno militar, será protagonista del desarrollo y prosperidad de sus respectivas naciones. De alguna forma, los individuos y clases dirigentes de la sociedad civil se legitiman porque han demostrado su valía en el campo de batalla, y sus ideales de compañerismo, fortaleza, tesón, sacrificio, disciplina, arrojo, etc, son perfectamente útiles para edificar esa sociedad (también nueva) y sobresaliente en el equilibrio de los pueblos y civilizaciones.
En España, por el contrario, el relato sobre hechos militares pertenece más bien al territorio legendario de “episodios nacionales”. No se “individualiza” el relato, no hay progreso personal ni transformación de la conciencia en aras de objetivos aplicables a la cotidianeidad, sino que casi todos los relatos españoles sobre hechos de armas parecen marcados por dos imponderables que ejercen su omnímoda potestad sobre los personajes implicados en la acción: la justificación de todo esfuerzo por “la gran causa”, la gesta antes mencionada, la gloria y la fama de grandes acontecimientos que anulan el posible brillo de pequeñas vidas abocadas a servirla; y, por otra parte, el relato que diríamos “fatal”, el destino de la patria y la justificación del mismo como imposición de cierta difusa “providencia” que marca el devenir tanto de los personajes como del argumento.
El viento y la arena se sale de este esquema anteriormente señalado. Sin ser una novela puramente de iniciación, sí participa meritoriamente de esa pulcra intuición literaria según la cual toda narración épica debe contener tanto los elementos de “valor colectivo” propios del género como los de crecimiento individual, atesoramiento personal de la experiencia, cambio interior en crescendo de las vivencias y emociones que van conformando el carácter del personaje, individuo cuya voz y prioridad entreveran la estructura del relato y determinan, yo creo que felizmente, el tono y significado del mismo.
Hablamos de una novela de tema militar cuya acción se sitúa, en líneas generales, durante la última aventura española en tierras de África, en las colonias del Rif y el Sáhara y en tiempos inmediatamente anteriores a la independencia de Marruecos; pero también contemplamos una narración que detalla los conflictos interiores, espirituales y sentimentales, de un joven que ha entregado su vida al ejército y a los valores perpetuos del código de conducta, honorabilidad, grandeza y autodisciplina que la vida militar exige a quienes la sirven. Son las dos coordenadas del personaje que, a la postre, devendrá en héroe, es decir: aquella persona cuya trayectoria y final son ejemplo edificante para generaciones y, al mismo tiempo, constituyen en sí mismas un gesto capaz de transformar la realidad de su entorno; o en todo caso, conmocionar las conciencias acomodadas del mismo, una quiebra en la quietud conformista de vidas sin sobresalto y que en virtud de los hechos del héroe han de interrogarse a sí mismas sobre su responsabilidad en todo lo sucedido a lo largo de la narración. La figura, vida e inquietudes del joven Andrés, cadete en la Academia Militar, oficial destinado a África, combatiente en una guerra (1958) de la que los libros de Historia y la literatura española han hablado muy poco, se constituye así en elemento que decide no sólo el curso del argumento sino la consecuente controversia moral. Como señalaba el clásico, “mejor extinguirse en plena juventud, en el esplendor de una arrebatadora pasión, que dejarse consumir aciagamente por los años y la edad”. Ese es, a mi parecer, el trasfondo de El viento y la arena. Su protagonista, Andrés, es joven, colmado de valor y entregado sin condiciones al superior concepto del deber. Es joven, hermoso, lleno de generosidad y entrega a sus principios. Y va a morir. Por eso es un héroe. El viento y la arena nos cuenta cómo lo consiguió.

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