Fieramente humano

11 may

Fieramente humano

Rodolfo Martínez

NGCFicción

Madrid 2011

551 págs. 22€

Fieramente humano toma en préstamo su nombre del poema de Blas de Otero y es una novela (acaso un libro) de aprendizaje en la oscuridad. Como la poesía, claro. Como la prosa cuando la narrativa se empeña en transcender su más básica dimensión de “entretenimiento” y alzarse a vuelo, fieramente humano, en busca de preguntas sin respuesta, de enigmas sin solución. Es el fondo de lo humano, su esencia: indagar con la ambiciosa esperanza de hacer más grande aún nuestro asombro ante lo poco que sabemos acerca del “misterio”. Es la senda de lo que algunos autores llaman conocimiento poético. También, el camino más inseguro y por ello mismo subyugante en el que sólo está permitido aventurarse a algunos (cada vez menos) novelistas de pura raza. Las personas ignorantes suelen ser muy osadas, pero no hay nada tan arriesgado como el reconocimiento de la propia duda, el arcano temor a lo que hay “más allá de las cosas” y la apariencia de las cosas, y tomar el rumbo que confirme plenamente nuestra ceguera. (He escrito “ceguera” como podría haber escrito “cegados por la luz”. La conciencia, cuando intenta abarcar un tanto más allá de la experiencia inmediata y la rutina de la obviedad, es una aventura que deslumbra o aturde, o las dos cosas.

La impresión que transita desde las primeras páginas de Fieramente humano, y que de inmediato se contagia al lector, es que hemos ido a parar a un mundo de sombras donde nada es lo que parece y cada personaje oculta la última realidad y explicación de su ser; un ámbito donde la única evidencia, narrada con la pericia propia de un autor consolidado como Rodolfo Martínez, es el horror sin respuesta que acompaña al argumento y subyace agazapado en todos los tramos de la novela, al igual que la vida común de los muy comunes mortales siempre apareja un incómodo, omnipresente subrayado de temor ante lo inevitable: el dolor, la enfermedad, la muerte. Desde ese punto de vista, Fieramente humano se comporta a la perfección como una exacta metáfora de la vida: no importa donde estemos, lo que hagamos, quiénes seamos… Al final, la única realidad que sabemos indudable y pavorosamente cierta ha de alcanzarnos.

Sin embargo, Fieramente humano crece como narración bastante más lejos de una metáfora, por demoledora que ésta sea. Se trata de una novela compleja, de estructura muy difícil (entendámonos: difícil para el autor, el lector pasará por ella con toda fluidez), poblada de innumerables personajes y perfilada en una trama que va adelantando situaciones inexplicables, la mayoría terribles, llamativas sin llegar al tremendismo efectista; y dichas situaciones, como es lógico, al ser presentadas fuera de una relación pautada de los hechos que las determinan, requieren de todo el oficio del autor para ir cuadrándolas, armonizándolas conforme se desarrolla el argumento y se alcanza su cabal explicación. En el fondo, se trata del viejo truco de la novela policial (no es extraño ni casual, supongo, que uno de los personajes centrales, Gabriel Márquez, sea detective): primero la muerte y después el commentatio mortis, el porqué de esa muerte y la explicación del enigma. Aunque en esta novela no hay una muerte sino muchas, y no un “malo” sino muchos personajes de ambigüedad homicida (tan humanos), como son el doctor Zanzaborna, la evanescente Eva, el intermitente Tuerto que aparece y desaparece y nunca deja tranquilo al lector ni a los demás implicados en la trama, el carnívoro Niete y el voladizo Hugin entre otros muchos. Hay lugares lejanos donde se renueva cada día la ceremonia del conocimiento y el espanto, y escenarios próximo, la ciudad oscura, sombría, en silencio mortal y en clamor de escalofríos, donde Márquez, Eva, Zanzaborna… intentan sacar sus vidas adelante igual que exploradores en las viejas películas sobre andanzas selváticas: apartando el matorral a machetazos.

Al final, descubrirá el afanoso lector de Fieramente humano que no todas las respuestas se encuentran en la resolución de la trama, ni siquiera en la explicación de los personajes y el porqué de sus actos. Mas no se apuren que el estado de duda alcanza espléndido beneficio. Permanecerá, muchos días después de haber puesto fin a la lectura de la novela, la turbadora sospecha de que, en realidad, el sentido y la explicación sobre todo aquello que leímos se encuentra en el mismo lugar donde estaba antes de abrir las páginas de Fieramente humano: en nosotros mismo.

Nunca una invitación a saber sobre lo íntimo fue tan cariñosa, tan exquisita. Tan cruel.

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